¡Olé!

Quien la sigue la consigue, que dicen por ahí. Mañana martes, sobre las 10.30, podréis escuchar mi voz temblorosa en "Hoy por hoy", mientras el jurado de "Relatos en cadena" delibera sobre mi microcuento y el de los otros dos finalistas. ¡Deseadme suerte!!
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Actualizo para dejaros aquí el cuentito en cuestión. Al final solo quedé finalista, pero la ilusión no me la quita nadie. ¡Besos a todos!

Cerré la puerta sin hacer ruido y fui a acostar a los niños. Miré fijamente sus cinco caritas redondas, tan diferentes entre sí. Después, me acerqué a la habitación. Marga dormía, agotada tras nuestra última discusión. Las huellas de sus lágrimas aún eran visibles en la penumbra del cuarto. Deseaba una hija, me había dicho durante la cena, estaba harta de vivir rodeada de hombres. Suspiré, y saqué mi viejo traje del armario. Había llegado a pensar que no volvería a necesitarlo. Me coloqué el pasamontañas y besé suavemente su rostro antes de salir. Esta vez escogí un vecindario aislado. Y un saco más pequeño.

Runas

Jamie aprieta con fuerza la mano de su abuelo mientras el anticuario da vueltas a la esfera metálica y pasea la lupa por su superficie. “No es oro”, concluye tras unos minutos, “pero las runas que tiene grabadas son interesantes, tal vez aztecas o mayas…” El anticuario, un hombre menudo y miope, acaricia el metal ajado, arrancando débiles destellos. Jamie guarda silencio y el abuelo carraspea, incómodo. “¿Dónde la encontraron?”, inquiere el anticuario. “El chico la descubrió”, responde el anciano, “estaba cavando en el patio trasero del rancho. Iba a enterrar a su perro, ¿sabe? Anoche un coyote se coló por nuestra valla”.

Despertar (II)

Llevabas muerta cinco días, pero tu belleza permanecía intacta tras el cristal empañado del congelador. Nunca supe cómo tus hermanos consiguieron bajarte al sótano y auparte ahí dentro, el mayor apenas tenía siete años. Me suplicó entre lágrimas que hiciera algo, estaban a punto de cortaros la luz, pero yo sólo podía mirar tu rostro helado, tus labios como cerezas maduras que decidí devorar allí mismo, sin contemplaciones. Me arranqué el mono de trabajo, tu cuerpo entró en calor con mis embestidas. No recuerdo en qué momento abriste los ojos, sin beso de por medio. Algún día, cuando salga de la cárcel, viviremos felices.

Desmemoria

Por lo menos, para las mujeres tiene mejor gusto que para la ropa. En cuanto ha esquivado al portero, se ha ido derecho hacia la hija de la duquesa, tan guapa y tan inocente ella, con esa carita blanca de camafeo victoriano. Le daré unos minutos para que se presente y la corteje un poco. Después, lo sacaré discretamente por la puerta de la cocina. Menudo chaqué se ha puesto hoy con el pijama, parece un viejo dandy. El pobre ya no recuerda que sus tiempos han pasado, que es demasiado mayor para vivir de gigoló. Suavemente, le toco en el hombro. “Por fin te encuentro, papá. Vámonos a casa”.

Encadenada otra vez

Me he vuelto a enganchar al concurso "Relatos en cadena", con poca fortuna por ahora, pero me lo paso muy bien. Os dejo dos botones de muestra para que me critiquéis. Besos!

(Semana 10 de noviembre)

Marinera
Ahora sólo se alimenta de ricachones, la muy víbora. Los atrae cuando sus yates bordean el islote, seducidos por la fragancia de las flores y el runrún delicioso de su canto. Qué hombre no se lanzaría al agua al ver a esa belleza nadando desnuda, la piel cremosa, sus cabellos reluciendo al sol como oro líquido. La cola de tiburón no la descubren hasta que es demasiado tarde, el último braceo, un alarido y un rastro púrpura es todo lo que queda de ellos. Bueno, eso y los yates, claro. Ya tengo tres. Y luego dicen que la pesca es un deporte inútil.


(Semana 17 de noviembre)

Dudas
Mientras me abalanzo sobre ella, los recuerdos cruzan mi mente como una película demencial. El día que mis padres la trajeron a casa, pequeña y temblorosa, recién nacida. La primera vez que la sujeté entre mis brazos para darle el biberón. Aquellas tardes de primavera que bajábamos al valle y ella se escondía entre los arbustos, juguetona, buscando setas y desoyendo mi llamada. Ahora sus ojos oscuros se pierden en los míos mientras aprieto el cuchillo contra su cuello. El resto de la familia aguarda expectante el siguiente movimiento. Mi mano flaquea. El abuelo murmura: "Sabía que no sería capaz de matar a la cerda".