Después de ver aquella película de aventuras, yo estaba convencida de que si presionaba con fuerza mis manos contra el techo, podría mantenerme en equilibrio allí arriba, haciéndole contrapeso a la gravedad a mis tiernos siete años. No me importaba que mis padres hablasen de montajes y efectos especiales. Me encaramé al sofá con mi batita rosa y levanté los brazos con gesto suplicante. Mi padre me alzó a regañadientes, sólo para demostrarme mi error y enviarme a la cama. Noté el gotelé frío contra mis palmas, una breve sacudida y el grito de mi madre al dar con mis huesos en el suelo. Me incorporé y alcé la cabeza con orgullo, aunque me había lastimado de verdad. Fue entonces, al levantar la vista, cuando noté que los muebles habían cambiado de lugar, que mis padres me miraban desde arriba, horrorizados, y que la grieta del techo crecía, lentamente, bajo mis pies.
Recetas contra la rutina
Después de ver aquella película de aventuras, yo estaba convencida de que si presionaba con fuerza mis manos contra el techo, podría mantenerme en equilibrio allí arriba, haciéndole contrapeso a la gravedad a mis tiernos siete años. No me importaba que mis padres hablasen de montajes y efectos especiales. Me encaramé al sofá con mi batita rosa y levanté los brazos con gesto suplicante. Mi padre me alzó a regañadientes, sólo para demostrarme mi error y enviarme a la cama. Noté el gotelé frío contra mis palmas, una breve sacudida y el grito de mi madre al dar con mis huesos en el suelo. Me incorporé y alcé la cabeza con orgullo, aunque me había lastimado de verdad. Fue entonces, al levantar la vista, cuando noté que los muebles habían cambiado de lugar, que mis padres me miraban desde arriba, horrorizados, y que la grieta del techo crecía, lentamente, bajo mis pies.
En ocasiones soy cursi...
... aunque no me quejo de los resultados. Aquí podéis leer un micro mío que ha quedado finalista en este concurso. Ya sé que prometí actualizar más a menudo, ¡pero las cañas después del trabajo son ineludibles!Regreso
"Mamá dice que soy demasiado mayor para jugar contigo", susurró el niño al hombre vestido de azul. Éste sacudió la cabeza y apartó la capa a un lado para que el pequeño se sentara junto a él. "Tu madre sólo intenta protegerte", respondió. El niño hizo un mohín de disgusto. "También dice que debo buscarme amigos reales, que tú sólo estás en mi imaginación". El hombre de azul se atusó el bigote, sonriendo. "Eso es porque le has contado lo de mi traje de Superman, hijo". El pequeño se frotó los ojos, tratando de contener el llanto. "Es que no me gustaba el que llevabas en aquella caja, era negro y muy feo. Le pedí a dios que te diese otro cuando volvieras". El hombre trató de acariciar la cabeza de su hijo, pero sus dedos transparentes lo atravesaron sin rozarlo. "No te preocupes", contestó, "a mí me gusta éste".
Beso
El joven desnudo parpadeó con desconcierto y, saliendo del agua, miró a la rana que se retorcía en la orilla, nerviosa. “No lo entiendo”, dijo consternado, “¿qué ha podido salir mal?”
¡Olé!
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Actualizo para dejaros aquí el cuentito en cuestión. Al final solo quedé finalista, pero la ilusión no me la quita nadie. ¡Besos a todos!
Cerré la puerta sin hacer ruido y fui a acostar a los niños. Miré fijamente sus cinco caritas redondas, tan diferentes entre sí. Después, me acerqué a la habitación. Marga dormía, agotada tras nuestra última discusión. Las huellas de sus lágrimas aún eran visibles en la penumbra del cuarto. Deseaba una hija, me había dicho durante la cena, estaba harta de vivir rodeada de hombres. Suspiré, y saqué mi viejo traje del armario. Había llegado a pensar que no volvería a necesitarlo. Me coloqué el pasamontañas y besé suavemente su rostro antes de salir. Esta vez escogí un vecindario aislado. Y un saco más pequeño.
Runas
Jamie aprieta con fuerza la mano de su abuelo mientras el anticuario da vueltas a la esfera metálica y pasea la lupa por su superficie. “No es oro”, concluye tras unos minutos, “pero las runas que tiene grabadas son interesantes, tal vez aztecas o mayas…” El anticuario, un hombre menudo y miope, acaricia el metal ajado, arrancando débiles destellos. Jamie guarda silencio y el abuelo carraspea, incómodo. “¿Dónde la encontraron?”, inquiere el anticuario. “El chico la descubrió”, responde el anciano, “estaba cavando en el patio trasero del rancho. Iba a enterrar a su perro, ¿sabe? Anoche un coyote se coló por nuestra valla”.
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