Mi cerebro y yo

Hoy no me apetece escribir un cuento.
Me apetece contaros una realidad mucho más interesante…
Ayer descubrí cuatro cosas.
Bueno, me las enseñaron…
La primera es que los humanos tenemos cuatro cerebros en uno.
El primero es el reptiliano, que se ocupa de nuestra supervivencia.
El segundo es el emocional; el tercero, el racional.
El cuarto, bueno, lo llaman el espiritual, pero no se ocupa de la religión, es más bien… nuestro lado intuitivo. Nos dice cosas…
Se sabe que si una persona gravemente enferma sueña con un ser querido o un pariente fallecido en el pasado, morirá antes de dos días…
Si a un niño menor de seis años muy enfermo le preguntas “¿Cuándo te vas?” y te contesta “el jueves por la noche”, morirá ese día señalado.
Si nuestro cerebro es capaz de intuir claramente cuándo vamos a morir, ¿es tan difícil creer que puede intuir otras cosas? ¿Qué nos va a pasar? ¿Cuándo algo va a salir mal?
Si nuestro cerebro puede intuir el peligro, ¿también puede intuir cuándo la felicidad nos acecha?
Uh, no puedo dejar de darle vueltas…

¿Tuviste miedo cuando...? (y IV)

(Si no sabes de qué va esto, pincha aquí)


... Te despertaste, pero no podías abrir los ojos. Intentaste moverte, pero tu cuerpo no respondía. No oías nada. Podías oler, y olía a pino mojado. Podías pensar, y te preguntaste: "¿Me han metido en una caja? Y si es así, morir... ¿era esto?"

... Notas que no sólo tú te has despertado, también lo ha hecho esa voz irónica que habita tu cabeza y a la que siempre has considerado algo así como tu conciencia (aunque sospechas que, en general, las conciencias de los demás son mucho más educadas que la tuya). “Claro que morir no es esto, estúpido”, gruñe, “despierta de una vez”. En ese momento una sacudida lanza tu cuerpo hacia arriba y tu cabeza choca contra una superficie dura. “Ouch”, gimes. Ahora puedes parpadear, pero sigues sin ver nada. Mueves los dedos de la mano y palpas una superficie suave, como de moqueta, debajo de ti. Mueves los pies, pero topan contra algo sólido. Una vez más, te preguntas: “¿Me han metido en una caja?”, mientras el olor a pino mojado se vuelve cada vez más familiar. Tu conciencia suelta una risilla despectiva. “Vamos, tontaina, tú puedes”, dice. Y entonces identificas ese aroma: ambientador de coche.
Estás en el maletero de un coche.

Carraspeas y, con cierto trabajo, consigues darte la vuelta hasta tumbarte sobre tu barriga. La cabeza aún te duele, pero no sólo por el golpe. Ahora empiezas a recordar: la borrachera con tus amigos en el bar. El paseo hasta la playa. El coche abandonado. La apuesta: “Venga, ¿a que no hay huevos de meterse en el maletero, tíos? ¿Quién se mete?”. La puerta que se atranca y no se abre. El forcejeo con el candado y las maldiciones. Los amigos que se van a buscar ayuda. Y el mareo, el sueño y la resaca.

“Te has quedado dormido, pringao, eso es lo que eres, un pringao”, susurra tu conciencia. Bostezas, cansado. Bueno, ahora sólo queda esperar a que vengan a rescatarte esos colgados, si es que no se han metido en otro bar por el camino, claro. Y entonces tu conciencia suelta otra risilla, malévola. Aunque tal vez no sea tu conciencia, sino tu cerebro, que te odia por ignorarle tanto. “Venga, hombre”, dice, “despierta un poco más... ¿no notas nada raro?”

Aguzas tus sentidos y, sí, es verdad...

El coche está en marcha....

Pero, además, ahora... cae.

Mitología bíblica

Hipótesis 1
La luz del ocaso cae sobre el paraíso terrenal. Dios y el Diablo charlan distraídamente, mientras pasean por la orilla del río. De pronto, al doblar un recodo, encuentran a Adán dormitando, rodeado de manzanas mordisqueadas. Se quedan quietos un momento, observando su barba rala, su tripa prominente y sus genitales ridículos. Al cabo de un rato, Satanás rompe el silencio. “¿Sabes? Yo creo que quedaría mejor si tuviera más pelo en la cabeza y menos en la cara. Y tal vez esos bultos de ahí le favorecerían más si se los colocaras en el pecho”. Dios hace una mueca de aburrimiento. “Haz la prueba si quieres. Es difícil que su aspecto empeore más de lo que está”. “¿En serio, puedo? Entonces, permite que te robe un trocito”. Y, tras palpar con cuidado la costilla de Adán, el Diablo se decide por su dedo índice.

Hipótesis 2:
La luz del ocaso cae sobre el paraíso terrenal. Dios y el Diablo charlan distraídamente, mientras pasean por la orilla del río. De pronto, al doblar un recodo, se encuentran con los restos de una hoguera. Esparcidos a su alrededor hay cáscaras de fruta y huesecillos de animales. Se quedan quietos un momento, observando esos desperdicios que alteran la armonía de la Creación. Al cabo de un rato, Dios rompe el silencio. “¿Ves a lo que me refiero? Son sucios, estúpidos y haraganes. Se pasan el día comiendo, durmiendo y fornicando. No se molestan en hacer nada productivo. Ni siquiera son decorativos. Me pregunto cómo puedo librarme de ellos sin quedar mal”. Satanás hace una mueca de aburrimiento. “Eso es fácil si son tan tontos como dices. De hecho... ¿cómo se llamaba ese árbol que le gusta tanto a Adán?”. “¿Cuál? ¿El manzano?”. Satanás asiente. “Tú cámbiale el nombre y prohíbeles que coman de él. Yo me encargo del resto”.

Hipótesis 3
La luz del ocaso cae sobre el paraíso terrenal. Dios y el Diablo charlan distraídamente, mientras pasean por la orilla del río. De pronto, al doblar un recodo, se encuentran con un grupo de monos tití que juegan en el barro. Varios de ellos han conseguido moldear una montaña informe de lodo y saltan a su alrededor. Al cabo de un rato, Dios los espanta con un bramido. “Acabo de crearlos y ya se construyen ídolos primitivos. Qué vulgaridad”, murmura disgustado. A su lado, Satanás contempla con curiosidad la figura simiesca. Sonríe entre dientes e intercambia una mirada cómplice con Dios. Éste frunce el entrecejo y, por último, suelta una carcajada. “¿Estás pensando lo mismo que yo?”.

Angustia

Cada vez que llego al aeropuerto, por muy corto que haya sido el viaje, me invade esa horrible angustia de no saber si él estará allí, al otro lado de la puerta, esperándome. El trayecto hasta la salida se me hace eterno, y no dejo de preguntarme qué ocurrirá si no viene a buscarme, o peor, si me pierdo. No sé qué haría yo sola en un país extraño sin su eterna compañía.

Después, cuando por fin lo veo allí de pie, ceñudo, pateando el suelo con impaciencia, siento que me inunda el alivio y me noto más ligera, casi etérea, aunque sé que el resto de la gente no me ve así. Siempre hay alguien que se nos queda mirando mientras él me conduce hacia la puerta, siempre con prisa, siempre murmurando “vamos, vamos”, mientras yo corro todo lo que puedo para pasar lo más desapercibida posible, aunque, como decía, siempre hay alguien que nos mira y seguro que piensa que somos una pareja desproporcionada. Él tan alto, ágil y esbelto, y yo bajita y gorda a su vera.

Así que me muestro sumisa y dejo que me arrastre hasta el coche, sabedora de que, aunque no siempre me trate bien, e incluso en ocasiones me golpee, él siente el mismo afecto por mí. Hay días en que me empuja, o me aplasta con brutalidad después de tumbarme en la cama. Pero incluso cuando grita que no puede más conmigo y me amenaza con tirarme escaleras abajo, yo sé que no soportaría perderme, porque soy muy valiosa para él.
No en vano soy una Samsonite auténtica.


Un minuto antes

La muerte le había sorprendido redactando las últimas líneas de su testamento. Sus herederos le encontraron desplomado sobre su escritorio, la taza de té rota y un borrón de tinta ocultando la última frase del documento: “A mi sobrina Elvira, mi tesoro...”. Del resto de la familia no hacía mención. Se inició una disputa sobre si el tesoro era apelativo o sustantivo, si era ella o para ella. Se convocó a los abogados, se llamó a un académico. Mientras, en su dormitorio, Elvira maldecía la rapidez del veneno que, por un minuto de anticipación, iba a dejarla en la ruina.