Solterona

A las 10, la orquesta se arrancaba con las lentas y entonces empezaba el suplicio para Anita. Ya no podía confundirse entre la masa de gente sudorosa y torpe que bailaba alocadamente bajo las luces de la verbena. Era el momento de sentarse en una de las sillas plegables que rodeaban la pista y esperar a que alguno de los muchachos del pueblo la sacara a bailar.
Nunca lo hacían.

El resto de las chicas no duraban mucho quietas, enseguida algún joven las requería. Y entonces Anita se iba quedando sola, como una flor mustia entre miles de sillas vacías, mientras notaba cómo se iban clavando en su espalda las miradas de todas las vecinas. No le hacía falta girarse para verlas, todas gordas, enjoyadas y con exceso de carmín, sentadas en corro y cuchicheando entre bruscas sacudidas de abanico: “Pilar, como siga así, tu niña se va a quedar soltera”, “¿Has probado a decirle que coma más? Que se la ve muy flaca”, “Hija, pero dile que no se quede ahí parada, que se pasee para que la miren”. Y la madre suspiraba y meneaba la cabeza sin decir nada.

Unos metros más allá, la indignación comenzaba a apoderarse de Anita al contemplar las vueltas de peonza de las demás jóvenes –algunas guapas, muchas feas, la mayoría anodinas- que bailaban embobadas en brazos de sus parejas. Ante tamaña injusticia, el rostro se le encendía, sus dientes comenzaban a rechinar y la boca se le curvaba en una mueca de desdén. Entonces tenía que levantarse para calmar su furia, y comenzaba a pasear por la pista con aire altivo. A su alrededor, los pisotones y los aullidos de dolor se multiplicaban, ya que la mayoría de los bailarines perdían la concentración al ver pasar su melena rubia y sus curvas vertiginosas.

Anita sabía que, antes o después de su paseo, se lo encontraría. Siempre era igual. Tarde o temprano el olor a carne asada se hacía más fuerte, la temperatura aumentaba, a alguna señora le daba un sofoco... Entonces se abría un claro en la multitud, y allí estaba él. Su aspecto no siempre era el mismo, pero su elegancia y su apostura eran inconfundibles.

A veces aparecía sentado a una de las mesas, fumando con aire despreocupado; otras, se lo encontraba de pie junto a alguna adolescente, murmurándole palabras indecorosas que la hacían enrojecer. En ese momento, Anita se paraba a una distancia prudencial y lanzaba una mirada suplicante al padre Manolo, que dejaba lo que estuviera haciendo y corría en su ayuda.
Pero nunca llegaba a tiempo.

Él se le acercaba tranquilo, con una sonrisa que dejaba adivinar unos caninos demasiado grandes, y le susurraba al oído: “¿Por qué eres tan testaruda y no te casas conmigo, Anita? Sabes que ningún otro se atreverá a rivalizar conmigo...” Y a ella se le cortaba la respiración, los latidos se le aceleraban, las entrañas se le humedecían y su boca se curvaba para pronunciar un “sí”. Pero lo que en realidad oía era: “¡Vais, vais, vais, fuera bicho!” y el padre Manolo se interponía entre ambos gritando y agitando el crucifijo.

Entonces, con una sonrisa burlona, Lucifer desaparecía en una nube de azufre y el padre Manolo agarraba a Anita por el codo y le decía: “Muy bien hecho, niña, tú resístete, que más vale morir solterona que ir al infierno”.
Después, como es de cristianos poner la otra mejilla, el cura aguantaba sin rechistar el bofetón.

20 comentarios:

Marc R. Soto dijo...

Ah, Jane Austen sin su máscara puritana resucita en pleno siglo XXI ... :D

Marc R. Soto dijo...

Por cierto, que tu sotanofobia comienza a ser preocupante. A este paso, hija, no habrá cura que te case...

Eva Díaz Riobello dijo...

Es mi último cuento satanófilo por ahora, que no me quiero repetir...
:-P

Y en cuanto a lo de casarme, me basta con un alcalde, y me consta que los políticos no tienen reparos en lo que a pactar con el diablo se refiere ;-)

FER dijo...

Ah, la política produce extraños compañeros de cama, ya "se sabe". :-)

Me ha gustado el relato. Molan mucho tu sotanafobia y tu satanofilia. Me ha recordado vagamente a un fragmento de la película de Buñuel, "Simón del desierto", en el que Lucifer se materializa en la guapísima Silvia Pinal.

FER dijo...

También te recomiendo que veas urgentemente "Calle Mayor", de Juan Antonio Bardem. Te gustará.

Livaex dijo...

¡Pobre Anita! Supongo que ya no quedarán muchas como ella. Creo que has puesto a cada personaje en el lugar que le corresponde. Saludos

Eva Díaz Riobello dijo...

Gracias por tus sabias recomendaciones, Fer!! Las seguiré, prometido ;-)

Gracias Livaex, supongo que cada personaje está donde está, aunque todos actúan con la mejor intención, incluido el cura, que en el fondo es un pedazo de pan, como ves :-)

Marc R. Soto dijo...

por buenas que sean esas películas, jamás llegarán a la suela de los zapatos de.... "Golpe en la pequeña China"... peliculón. Si te lo perdiste el domingo o -horror- en tu infancia, ya estás corriendo al videoclub!

jia jia jia...

FER dijo...

Jajaja, detalle friki el de nombrar "Golpe en la pequeña China". Mítica mitiquísima, pero cinematográficamente... ejem. En fin, también me parecía excelente "Los Goonies", así que no voy a ir ahora de criticón.

Marc R. Soto dijo...

je, hablas con un fan de "Les llamaban Trinidad" y demás subproductos de Bud Spencer y Terence Hill, como "El superpoli" (o algo así, que a estas horas no me funciona muy allá la memoria "reciente" -si es que estoy hecho un chaval...-) :D

En cualquier caso, "Los Goonies"... ay, Dios mío, qué gran película. Ese "súpermeneo" del que sería Samsagaz Gamyi más adelante, ese Data con complejo de James Bond... cuántas lecturas tiene esa película... obesidad infantil, asimilación de otras culturas (está claro que para un asiático recién americanizado James Bond es el paradigma de lo anglosajón)... lo dicho: peliculón. Sólo le falta Fu Manchú para ser perfecta, que es lo que tiene en cierto modo "Golpe en la pequeña China" :D

Eva Díaz Riobello dijo...

Mmm, Marc, creo que te equivocas, el supermeneo no lo hacía el futuro Sam, lo hacía otro niño actor gordo que se pasa gritando toda la película... Pero ya que hablamos de grandes clásicos... ¿qué me decís de "La bruja novata"? Ésa sí que mola ¿eh, Marc? ¡Trecuna, mecoides, precorum, satis di!!

Jejeje :-D

FER dijo...

A los diez años me tragué toda la serie de Trinidad, y tan contento... Iba al videoclub con la esperanza de que hubieran hecho una parte más :-)

Creo que por aquel entonces también me tragué "La bruja novata", aunque no me pude quitar de la cabeza en ningún momento que aquella aprendiz de hechicera era ¡Jessica Fletcher! Si es que cuando alguien se encasilla... Que se lo digan a Michael Landon.

c.o.v. dijo...

Me encanta SImón en el Desierto!

(y el post también, te lo había dicho alguna vez?)

Saludos!

Gregorio Verdugo González-Serna dijo...

Pues yo creo que Anita, lo que realmente desea es enrollarse con el cura y le pega el bofetón recriminándole su falta de osadía. Lucifer está perdiendo enteros, se cuida muy poco y casi no va al gimnasio. Los curas de hoy, modernos ellos, lo hacen a menudo y hasta toman corticoides para ponerse más macizos.
Un saludo.

FER dijo...

Uy, ¿qué ha pasado con el día del orgullo gay? ¿No ha sido bien recibido en la comunidad?

Eva Díaz Riobello dijo...

Sí, lo que pasa es que lo he convertido en borrador sin querer, ya está restaurado ;-)

curva_catenaria dijo...

Vaya, escribes increíble! Este relato no me pudo hacer más que sonreír y en lo profundo y de cierta manera hacerme sentir identificada, por lo de solterona, la injusta soledad, el satán que de vez en vez te tienta y la mala fortuna que siempre lo aleja de mi lado (que vendría a ser el cura en tu relato)

Por otra parte reflejas muy bien a las personas de hoy en esas viejas chismosas que se la pasan hablando de los demás entre dientes toda la vida y en eso se quedan, siendo simples testigos pero jamás viven y/o piensan por sí mismos.

Me gustaría seguir mi comentario,pero me debo ir. En todo caso, te felicito, el escrito está excelente.

Adiós

Ático dijo...

Ella se lo dijo una tarde:

“Supe que era un peligro, en cuanto lo vi llegar por el largo túnel, ensortijado en madreselvas. Venía a por mí.

Me miró. Nuestros ojos quedaron enhebrados. No se soltaban. Me tenía prendida con la vista. Tiraba. Se tensaba como un arco, para tomarme. Se acercaba. Me hundía. Hizo un tirabuzón con sus piernas, antes de entrar, y esbozó una sonrisa para salir. Entró y salió cuanto quiso. Todo eso, sin besarme.

- Bésame, supliqué. - No me condenes, dijo. Y se fue con el rabo entre las piernas.”

Él se quedó en silencio.

Eva Díaz Riobello dijo...

Gracias por tus elogios, Curva_catenaria, y bienvenida!!! Intentaré pasarme por tu blog!!

Ah, y gracias por tu aportación al relato, Ático!!!

Liz Scott dijo...

Eva, recién veo tu blog y me ha parecido guapo. El cuento de la solterona ta bueno.

Feliz navidad

Liz, ECH