Flash - back

En apenas dos segundos, mi hermana quedó tendida en el suelo, sus ojos muertos mirando al vacío.

Un minuto antes yo había sopesado bien el cenicero en mi mano, con la mente fría y su espalda ante mí.

Cinco minutos antes, ella me amenazaba con ir a la policía y revelar toda la verdad, hacer público el engaño y mi vergüenza.

Una hora antes, entraba con furia en mi apartamento, alta, delgada, soberbia, los tacones clavándose con autoridad en el parqué desgastado.

Un día antes, yo había recogido el test de embarazo en la farmacia, rezando, mientras una voz interior me recordaba que nunca he creído en Dios. Esa mañana, las náuseas habían hecho que me precipitara al baño, el estómago encogido, preguntándome si era posible que un pecado así pudiera pasarme factura tan pronto.

Dos meses antes, después de dar muchas vueltas al plan, me había presentado por sorpresa en el despacho de Andrés -maquillada, el pelo liso y una falda corta-, había tirado al suelo todo el contenido de su mesa y me había sentado encima con las piernas cruzadas, tentadora, mientras él ordenaba a su secretaria que no le pasara llamadas.

Un año antes, él había dado el sí quiero a mi hermana, enamorado como un colegial, mientras, dos bancos más atrás, yo fingía que mis lágrimas eran de alegría.

Una madrugada cualquiera, dos años antes, yo despertaba a mi hermana a sacudidas después de una noche de juerga, radiante, loca, feliz, para contarle que acababa de conocer al hombre de mi vida y que necesitaba presentárselo.

Diez años antes, aún adolescente, ella me comunicaba que había decidido llevar el pelo liso definitivamente, porque es más elegante, más ordenado. Y entonces sentí aquel crujido de ruptura, aquella certeza de que ya no éramos dos mitades de una misma cosa.

Trece años, dos meses, un día y dos segundos después, retuerzo mis rizos mientras pienso que sólo hay una solución posible para esta historia. Limpio el cenicero. Me peino. Me pongo la ropa de mi hermana y coloco su cadáver en un ángulo que haga creíble la tesis de ‘accidente doméstico’.

Cuando cierro la puerta del apartamento, dejando atrás mi vida, me pregunto qué pensaría ahora el médico que, hace veintisiete años, tras un parto interminable, se inclinó hacia mi madre, le mostró los dos bultos chillones y le dijo: “Enhorabuena, son gemelas”.

8 víctimas:

Guruguruguru dijo...

Hola, Eva:
Te he visitado!! para que luego digas que no tienes comentarios ;p He leído este cuento y me ha gustado, pero chica, ¡qué tendencia a los asesinatos tiene nuestra generación! no? O será que esta mañana leí el relato de Marc? En fin, que me ha gustado tu relato. Ánimo y sigue adelante con el blog. Y eso... que te pases de vez en cuando por el mío. Yo lo tengo organizado diferente, por una parte tengo un blog, blog con comentarios variados y por otra el blog donde cuelgo mis cuentos.
Un beso de chica booket ;)

Martha

Marc R. Soto dijo...

Y de este modo queda inaugurada la sección de comentarios de este blog. (jejejeje)

Marc R. Soto dijo...

Y de este modo queda oficialmente inaugurada la sección de comentarios de este blog... :D

Marc R. Soto dijo...

Fiuuu... de repente esto se ha disparado :)

petardilla dijo...

yo m sigo preguntando si eso es tu mundo interior...ya entiendo lo d tus cariños asesinos

Anónimo dijo...

Me ha gustado mucho este, evita. Me encanta como has estructurado el tiempo hacia atrás. Me gusta, me gusta.

Rosario dijo...

genial me encanto esté cuento espero encontrar muchos mas besos

Anónimo dijo...

Hola Eva, ha merecido la pena entrar a despertar la imaginación con tus letras dormidas.
Me encanta

Aida